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La invitación a volver a pensar como niños PDF Imprimir E-mail
Lunes, 08 de Mayo de 2017 18:17

*Maximiliano López, doctor en Educación, especialista en Enseñanza de la Filosofía, revisa pensamiento y realidad en la filosofía con niños.

“Pensamiento y realidad en el trabajo filosófico con niños y jóvenes” es uno de los temas que desarrolló en su estada en Valparaíso el profesor argentino Maximiliano López, doctor en Educación, especialista en Enseñanza de la Filosofía y académico de la Universidade Federal de Juiz de Fora, Brasil. El análisis, explica, “tuvo que ver con pensar qué significa no tanto la necesidad o no de enseñar filosofía, sino qué significa y cómo se entiende el trabajo filosófico con niños”. Esto porque, según señala, “hay diferentes maneras de entender la filosofía con niños, y eso tiene que ver con la manera en que se entiende lo que es el pensamiento, qué significa pensar, y sobre eso en la filosofía no hay acuerdo —por eso es filosofía—. Yo diría que hay una serie de nociones de base que según como uno las entienda, lo que significa hacer filosofía con niños y niñas se puede interpretar distinto”.

De acuerdo al análisis de López, “el pensamiento no es una habilidad —que es una manera frecuente de comprenderlo— y no es una acción. El pensamiento es más un elemento en el cual estamos: nosotros estamos en el pensamiento. En la tradición occidental normalmente se dice que el ser humano es un animal racional, que a nuestra condición de animal se añade la racionalidad. A partir de ahí se podría decir: ‘somos seres humanos porque pensamos’, y yo diría que sería mejor decir que somos seres humanos porque existimos de una determinada manera, porque tenemos una determinada relación con el mundo, y como consecuencia de eso, pensamos. Entonces, el pensamiento no es una causa de nuestra humanidad sino que es casi un síntoma, es una consecuencia”.

Mirar desde lejos


Lo anterior, explica el académico, “también tiene que ver con los niños, porque es lo que hace que un niño pueda jugar: si un niño puede jugar es porque puede considerar las cosas bajo otra perspectiva. Por ejemplo, para un niño una mesa con una manta encima puede ser una casita, y puede ser también un barco que navega en el mar… Los niños pueden separar los objetos de su utilidad cotidiana y tornarlos en una cosa disponible para otras metaforizaciones”.

Esa capacidad “de no considerar las cosas como utensilios sino como cosas en sí mismas, es lo que permite jugar a los niños. Pero también permite al poeta hacer poesía, al filósofo reconsiderar los conceptos, a los inventores combinar cosas para crear nuevos inventos”, afirma. Y añade que eso “es imaginación, es pensamiento y es mucho más que eso. Porque tenemos esa relación con el mundo es que podemos imaginar, porque podemos separarnos de las cosas y tener la imagen de las cosas. Un filósofo que vivió mucho tiempo en Brasil, un fenomenólogo, dice que empieza a haber humanidad a partir de que los primates, en vez de estar con las cosas en la mano, se alejan y las miran desde lejos. A partir de ahí se pintan las cavernas y se coloca en ellas las imágenes de los animales”.

Espacio para pensar lo que ya sabemos

Maximiliano López participó en el Diploma en Filosofía con Niños y Niñas, desarrollado por el Centro de Estudios en Filosofía e Infancia, CEFI, de la Facultad de Humanidades, dirigido a profesionales de la educación del ámbito de la filosofía. Sobre ese espacio, destaca que “posibilita detenerse y mirar las cosas con más tranquilidad. En el día a día estamos sometidos a muchas exigencias de diferente tipo —y eso es así para el que trabaja como profesor de filosofía o como profesor de cualquier cosa—, y pasamos por los lugares, por los temas siempre urgidos por un objetivo. Estos espacios universitarios permiten suspender esas correrías y ese vértigo del día a día, mirar las cosas de nuevo y con más tranquilidad y detenerse en lo que habitualmente uno no se detiene”.

Añade que “la universidad en su conjunto, y la escuela en su conjunto, lo que posibilitan es dar un tiempo y un espacio para pensar en detalle, para problematizar lo que ya sabemos, que muchas veces no tiene que ver con saber cosas nuevas sino con pensar un poco mejor las que ya sabemos”.

Es decir, son espacios que ayudan a volver a pensar como niños. Al respecto, reflexiona el profesor: “La palabra escuela en su etimología remite la palabra griega escolé, que significa ocio, tiempo libre. Y eso es curioso: hoy no asociaríamos la escuela con tiempo libre. Esa posibilidad de gozar de cierto tiempo libre en el mundo antiguo creó una esfera particular, que después se llamó vida contemplativa, o esfera escolástica, que era justamente eso: un lugar separado de la utilidad cotidiana y en donde las cosas se pueden mirar de otra manera”.

Juego serio

Explica López que “cuando muchos autores hablan de ese espacio que podríamos entender hoy como la vida académica, dicen que lo que se hace ahí es una especie de juego serio: tenemos la misma relación que los niños tienen con las cosas, pero seriamente. O sea, lo que hace un científico, lo que hace un intelectual es mirar lo cotidiano pero variarlo, recombinarlo, discutirlo, analizarlo; tiene una relación libre con aquello que estudia, libre en el sentido en que lo puede mirar desde diferentes puntos de vista”.

Y eso, enfatiza, “es exactamente lo que hacen los niños, sólo que nosotros lo hacemos ‘seriamente’, en el sentido en que somos adultos y lo hacemos como un trabajo. Pero, como decía antes, no hay ningún poeta, no hay ningún inventor, ningún científico, ningún intelectual que no tenga un poco una relación juguetona con el mundo, una relación abierta con las cosas, y eso es propio de la infancia. Tal vez hay una relación entre la condición en que los niños están en el mundo y la condición que se reproduce dentro de la escuela o dentro de la universidad: la relación abierta con las cosas”.

Ante la paradoja de que la escuela precisamente hace lo contrario, ajustándose a indicadores y desplazando el juego, afirma Maximiliano López: “Creo que es porque hemos concebido el pensamiento como una actividad perfectible, como si fuese un músculo, una habilidad. Y como todo está visto desde la óptica de la eficacia y la eficiencia, entonces la pregunta sobre la escuela siempre es cómo lo podemos hacer mejor, más rápido y más barato, que es la misma pregunta de la industria, y no queda espacio para tener una relación libre con las cosas. Tal vez la escuela está muriendo por saturación de una mirada muy instrumental sobre ella, donde todo es instrumento para otra cosa y nada vale la pena por sí mismo. Y cuando las cosas no valen por sí mismas, no podemos tener con ellas esa relación abierta, porque somos rehenes de la utilidad práctica, de la eficiencia, de la eficacia”.

Finaliza el académico: “Yo creo que desde sus orígenes griegos, la escuela no es una empresa, lo que se hace en la escuela no tiene que ver con la eficacia y la eficiencia, sino que tiene que ver con una manera particular de relacionarse con las cosas y con las personas. Tal vez eso es lo que la escuela tiene para aportar a la sociedad: no un lugar donde la gente aprenda a hacer cosas más eficazmente, sino un lugar donde la sociedad se pueda mirar a sí misma de otra manera”.

La presencia del doctor López en la Universidad de Valparaíso se concretó gracias al Concurso de Visitas Académicas convocado por el Convenio de Desempeño para las Humanidades, Artes y Ciencias Sociales, UVA0901.

 
 

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